BITÁCORA

Silvia y Ana se conocen desde la infancia. Ana, después de 9 años de relación, se casa. Silvia sigue soltera y vive en Buenos Aires, Ana es de Mar del Plata y está demasiado feliz.

Aprovechando el fin de semana largo, utilizan el departamento en San Clemente que tienen los padres de Ana, como punto intermedio de encuentro.

Por diferencia en los horarios de los micros, la primera en llegar es Silvia. (Seis de la mañana, fuera de temporada.) Pero ese no es un problema, porque Ana llamó a Don Pablo (el portero) para que le entregue las llaves a Silvia, y listo el pollo.

Pero al llegar, el portero no aparece, y Silvia se topa con un albañil que está haciendo la vereda. Angustiada le cuenta el incordio. Solícito, el paraguayo, le ofrece dejar la valija, mientras ella se va a desayunar. Muy despeinada por la Avenida Costanera, sale Silvia a esperar.

Ana llega, y todo parece solucionarse. Van a la playa, pero el frío impide que se bronceen. A la noche, el Bingo logra que pierdan hasta el último centavo.

De vuelta al departamento, triunfa la emoción de ver a Ana con el vestido de novia puesto. De reina.

En ese momento, se corta la luz.

Disgustada Ana revuelve cajones buscando velas. Silvia asomada por la ventana nota que los pocos departamentos del edificio que están habitados hay luz, por lo que el desperfecto es interno. Del departamento.

Ana no sabe reparar los tapones de la luz. Silvia a oscuras, comprende que esta mañana le dijo al albañil que estarían solas a la noche en el departamento. Sin mediar otras posibilidades, dice: “El paraguayo nos cortó la luz desde abajo, y ahora sube y nos viola”. Termina de comprender la profecía, y el ascensor se detiene delante de la puerta del departamento.

Ana sale rajando hacia el balcón a pedir auxilio. Silvia la sigue. Sentada a caballito en la baranda, la novia amenaza: “Si entra, prefiero tirarme“.

Son 9 pisos. El viento, el ruido del mar , la noche, el peligro, ningún vecino cerca, el vértigo. Demasiados frentes para la pobre Silvita.

Ana no piensa dejarse tocar. Silvia no piensa soltar a su amiga, ni enfrentar sola al violador.

Toda la noche a los gritos. Los ganglios inflamados, asustadísimas.

Amanece, y el paraguayo no aparece. Silvia convence a la amiga que no existe ya peligro algún. Por fin la sensatez, cede paso a las demolidas amenazadas.

Entran Ana y Silvia. O lo que queda de ellas.

Silvia va a la cocina a preparar un té, y ve que la luz ha vuelto. Cuando regresa al living con la bandeja, la luz no enciende. Regresa a la cocina, y hay luz. Regresa al living, y nada. Va al baño, y hay luz.

La bombita. No se cortó la luz. Se quemó la bombita.

La humillación de haberse retorcido por 40 watts. No hay peor ciego que el que se quiere casar.

Deciden regresar, por bajo el pacto de no contar lo sucedido.

Que Augusto se quede revisando la mesa de saldo, no me caso. Silvia renuncia al matrimonio sin haber tenido la posibilidad de rechazar la propuesta, pero tan convencida como su amiga.

Juntas llevan una bombita en la cartera.

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